La Duda
Hamlet dudaba entre ser o no ser, desconociendo términos medios. Oscar Wilde deseaba la incertidumbre a la evidencia fehaciente. Descartes nos legó la certeza de que lo único verdadero es la duda.
Los platenses también dudamos. Dudamos por quien votar, dudamos que se arreglan las calles, dudamos que los dirigentes ocupan sus cargos sin intereses personales, dudamos de quienes una vez se equivocaron, dudamos de los ricos, dudamos de los pobres, dudamos de la buena intención y como Tomás, el Apóstol, dudamos hasta de nuestros amigos.
Hasta aquí esta bien, nuestra condición humana nos regala esa permanente indecisión existencial, esta incertidumbre forma parte de nuestro refinado instinto de supervivencia. Pero cuando la dubitación es cotidiana llegamos a límites realmente paradójicos y a la postre dañinos: dudamos de la buena intención de los vecinos, recelamos de la capacidad de los calificados, titubeamos del justiprecio de un artículo, vacilamos de la calidad de un servicio, desconfiamos de lo evidente, sospechamos de nosotros mismos y nos atajamos... por las dudas.
En esta coyuntura de globalización y posmodernismo todo está bajo duda. No hay principios, no hay cánones, nos hay preceptos fijos, lo íntegro es mutable, lo absoluto es impreciso. Esta locura de la incertidumbre nos lleva a confundir incredulidad, desilusión, pesimismo y duda. Ninguna sociedad, por pequeña que sea, puede darse el lujo de navegar los inciertos océanos de la ambigüedad. Esa actitud nos dejará sin la acción concreta y sin la acción no hay futuro. Aunque algunos salgan,temporalmente, ganando: a rio revuelto ganancia de pescadores.
Hay que elegir un rumbo, confiar y ejecutar. El riesgo del fracaso le da a la lucha el gusto del desafío, así el éxito será irrefutable. Si nos equivocamos tendremos la experiencia del error para volver a empezar, es preferible fallar al hacer antes que la trivial omisión.
Todos somos partícipes de los cambios sociales. Si nos dormimos en la supuesta seguridad de la duda, tras la crítica descarnada, la inacción, el boicot, la desesperanza, la decepción o la desconfianza, el fracaso social será inevitable e irremediable.
Dudemos de quienes viven de la duda persistente, y dudemos, también, de quienes se tornan en paradigmas de lo inobjetable. Dudemos de quienes mezclan sus sentimientos e intentan sostener lo insostenible. Dudemos de quienes juzgan por lo que otro le dijo. Dudemos de quienes opinan desde fuera. Dudemos de quienes están de paso.
Igualmente los invito a no dudar de algunas cosas:
. Al elegir el rumbo de nuestra fe religiosa no dudemos, por el accionar de los hombres que circunstancialmente llevan la vestidura o participan del ritual.
. Nunca debemos titubear de hacer lo correcto y lo mejor.
. Mantener la unidad familiar.
. Apoyar a las instituciones (de bien público y educativas).
. Mantener y participar de las fiestas populares de nuestro pueblo.
. Defender nuestras ideas culturales, que implican historia, política, religión, educación, pautas comerciales, costumbres, etc.
Si mantenemos esto, no entrarán las calamidades que esta mediocre sociedad ofrece, ni nos inundarán las dudas destructivas. Dudemos del brillo televisivo de este fin de siglo, pero no de la tenue luminosidad -pero auténtica- de nuestra realidad.
Recordemos que Juan, en su apocalíptico libro, nos advierte la inclemencia divina para quién permanece en la tibieza de la duda.
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