El Reconocimiento
Todo accionar humano tiene como motor alguna motivación que va más allá de la teoría de Alejandro Dolina: “Todo lo que hace un hombre tiene la finalidad de levantarse alguna mina”. Así tenemos móviles como: posesión de poder, de dinero y sexo. Podemos referir también los postulados de Thomas y Znaniecki -filósofos contemporáneos estadounidenses- que proponen cuatro deseos sociales: necesidad de seguridad, de respuesta emocional de parte de los demás, de nuevas experiencias y de reconocimiento. Aquí nos detendremos hoy a reflexionar.
El deseo de reconocimiento es la necesidad de que los demás nos tengan en cuenta, nos reconozcan y nos aprueben, nos acepten y nos incluyan en ciertos círculos. Es la obtención de prestigio, de ser estimados de alcanzar una posición social.
Estos deseos llevan a valiosos esfuerzos personales: estudio, trabajo, cuidado en la apariencia externa, adquirir estilos de comportamientos, aprender reglas.
Entra también en juego el reconocimiento al otro. Cuando reconocemos a otra persona, de alguna manera nos estamos reconociendo a nosotros mismos, nos proyectamos en el otro, gozamos de su éxito (esto es materia de la psicología).
En el mundo del reconocimiento existen numerosas variantes. Se nos puede reconocer por nuestra virilidad, valentía, fortuna, talento, honestidad, poder, gloria. No faltan los que buscan reconocimiento de su maldad, egoísmo o injusticia. “Mas vale que se hable mal de nosotros a que no se hable”, suponen algunos tristes filósofos.
Pero también muy cerca del reconocimiento conviven la vanidad, el orgullo, la pompa, el afán desmedido, el anhelo de fama.
En nuestra localidad, los olmenses necesitamos del reconocimiento y por eso somos generosos al momento de reconocer. Varias personas o entidades han hecho público su reconocimiento hacia otras personas o entidades por diferentes motivos.
En general al reconocimiento lo podemos encasillar en cuatro tipos: prestigio, notoriedad, fama y celebridad. El prestigio refiere a lo científico-profesional exclusivo de algunos círculos; la notoriedad en cambio es masiva, es el reconocimiento de los medios de comunicación; la fama es la durabilidad de la notoriedad y por ende un lugarcito en la historia; finalmente la celebridad queda reservada para unos poquísimos de la historia mundial.
Nuestra localidad no cuenta con celebridades ni famosos, si en cambio podríamos enumerar algunos notorios y varios prestigiosos. Pero habría que tamizar un poco, para que no se anoten en la lista algunos personajes que han gestionado por diferentes caminos su propio reconocimiento.
Lobbies políticos, campañas de convencimiento a quienes manejan los medios de comunicación, presiones de política institucional, inversiones económicas, mil estilos de seducción, han sido algunas armas utilizadas por no pocos olmenses para ganarse un lugarcito en el bronce.
Por un lado debemos evitar que los mediocres se anoten, de esta manera, en supuestas nóminas para la posteridad y por otro lado debemos exigir a quienes deseen obtener ese reconocimiento que trabajen con esfuerzo y honradez para lograrlo; sin dejar de lado a quienes sin buscarlo logran un lugar en el corazón de la gente, dejan su huella, trabajan incansablemente, son modelos y ejemplos, esos son los verdaderos merecedores de un reconocimiento que trasciende las posibilidades humanas. Por suerte en Lisandro Olmos hay de esos. El desafío es encontrarlos, reconocerlos y fijar sus nombres en la, por ahora inexistente, lista de legítimos ejemplos de vida.
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